Cienfuegos o Ulises de la justicia…

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Columna de Opinión…

Rogelio Roca.

Hace una semana la revista del New York Times [1] publicó un reportaje extenso sobre los vericuetos de cómo el ex secretario de defensa durante el sexenio de Enrique peña nieto, Salvador Cienfuegos, se vio involucrado en un proceso de investigación por parte de agentes de la DEA que llevarían a su aprehensión en Estados unidos y posteriormente a su liberación.

Vamos por partes: el origen de la investigación comienza desde el 2009 con el agente especial de la DEA en Las Vegas, Timothy Beck, en un contexto donde las redes de trasiego de metanfetaminas en los Estados unidos se expanden y los hermanos Beltrán Leyva se desprenden del cartel de Sinaloa. Beck sigue desde Las Vegas las huellas del cisma en su tentativa de desarticular redes de producción y distribución de metanfetaminas que tenían su base en Nayarit.

En 2014 es arrestado Héctor Beltrán Leyva, el último de los 4 hermanos en dirigir la organización. Este hecho lleva a los agentes a descubrir a través de la intercepción de sus vías de comunicación a un grupo de narcotraficantes que no parecía tener ningún problema con las autoridades de Nayarit: “Los H” — llamados así a partir del alias de Héctor Beltrán conocido como el “H” — y que llevaría a la investigación a descubrir las relaciones entre la administración del gobernador de Nayarit, Roberto Sandoval Castañeda, de la mano del fiscal Édgar Veytia, con la figura de Juan Francisco Patrón Sánchez, mejor conocido como el H-2, líder de la banda. Según el reportaje, Sandoval ya había establecido contacto con los hermanos Beltrán Leyva; la presencia del grupo delictivo llevaba años en el estado, pero fue Sandoval quien era entonces el alcalde de Tepic quien le ofreció a cambio de financiar su campaña dejarlos operar libremente en el estado a condición de que mantuvieran los niveles de violencia con una factura mínima. Por su parte el Fiscal, Édgar Veytia, quien ahora se encuentra en prisión en Estados Unidos, se adosaba la responsabilidad de ser un combatiente contra el crimen organizado al mismo tiempo que le recordaba al H-2 de abstenerse de matar o secuestrar a ciudadanos ordinarios.

Esta bicefalia le permitía adjudicarse los rescates de víctimas secuestradas y mostrarse ante la opinión pública como “el persecutor de hierro”. En la medida en que la proliferación de grupos delictivos aumentaba y las operaciones de “Los Haches” extendían sus ramas más allá de las fronteras de Nayarit, el H-2 necesitaba asegurar la protección de sus operaciones fuera del estado. Los “H” podían sobornar a las fuerzas policiales o militares solo para darse cuenta de que había otro grupo haciendo lo mismo y en su contra; de modo que la policía federal traficaba información de un grupo delictivo a otro, de suerte que la policía y los militares se espiaban mutuamente y oficiales de las fuerzas armadas mexicanas intercambiaban información con traficantes que les pagaban por acceder a información sensible que venía desde las operaciones de la DEA en México.

Quedaba claro que si los “H” querían expandir su negocio debían conseguir aliados a escala nacional.

Continuará…

El caso Cienfuegos

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